martes, 3 de abril de 2018

Herman Melville: BARTLEBY, EL ESCRIBIENTE

La mejor forma de vida es la más fácil.

La vejez es honorable.

Demasiada avena perjudica a los caballos.

La felicidad busca la luz, y así deducimos que el mundo es alegre. Sin embargo, la desdicha se esconde, y de ahí deducimos que la desdicha no existe.

Lo cierto, y también lo terrible, es que, hasta cierto punto, el pensamiento o la visión de la desdicha despiertan nuestros mejores sentimientos; pero en ciertos casos especiales, cuando se sobrepasa ese punto, dejan de hacerlo. Se equivocan aquéllos que afirman que esto es debido al egoísmo, invariablemente, inherente al alma humana. Más bien procede de una cierta impotencia para remediar el mal excesivo y orgánico. Para un ser sensible, la compasión no es siempre dolorosa. Y cuando al fin se percibe que esa compasión no lleva al remedio efectivo, entonces el sentido común le pide al alma que prescinda de ella.

Una de las horas más lúcidas y sabias que tiene el hombre es justo después de despertarse por la mañana.

Aparte de otras consideraciones, la caridad opera a menudo como un principio enormemente sabio y prudente: una gran garantía para el que la posee. Los hombres han asesinado por celos, por ira, por odio, por egoísmo, por orgullo espiritual; pero no tengo conocimiento de que ningún hombre haya cometido un diabólico asesinato por la dulce caridad. El propio interés, a falta de un motivo mejor, debería impulsar a todos los seres y, en especial, a los hombres de mucho carácter, a la caridad y la filantropía.

La acción continuada de las mentes poco liberales erosiona las mejores intenciones de los más generosos.

¡Cartas sobrantes! ¿No suena esto a a hombres muertos? [.......] A veces el pálido empleado saca un anillo del papel doblado -el dedo al que iba dirigido, ya se corrompe en la tumba-; un billete enviado con urgencia para aliviar al que ya no pasa hambre; perdón para aquéllos que murieron desesperanzados; esperanza para los que murieron sin esperanza; buenas noticias para aquéllos que murieron abrumados por las insoportables calamidades. Con mensajes de vida, estas cartas se precipitan hacia la muerte.